Acabo de ver Ciutat morta y entiendo perfectamente por qué tiene la reputación que tiene. Es un documental potente, directo, muy eficaz a la hora de generar indignación y de poner en duda la versión oficial del caso 4F. Está bien montado, sabe tocar las teclas emocionales y consigue algo clave: que el espectador se posicione casi desde el principio.
Y ahí está también su mayor virtud… y su mayor problema.
La película no parece interesada tanto en explorar toda la complejidad del caso como en construir un relato claro, contundente y, sobre todo, dirigido. Funciona como un alegato. Y como alegato, es muy eficaz. Pero como análisis completo, deja bastantes huecos.
El punto donde esto se hace más evidente es en el tratamiento de Rodrigo Lanza. El documental lo presenta prácticamente como una víctima del sistema, reforzando esa idea con su salida de prisión y el reencuentro con su madre, una de las escenas más emocionales de la película. En ese momento, el espectador está completamente dentro del relato.
Pero esa imagen se resquebraja cuando, tiempo después, conoces su condena por asesinato. Evidentemente, son hechos posteriores y no invalidan automáticamente las posibles irregularidades del caso 4F. Pero sí obligan a mirar con más distancia la construcción del personaje que hace el documental. Ya no es tan fácil aceptar esa imagen limpia y unidimensional.
Y ahí es donde la película pierde fuerza como documento. Porque más allá de la emoción, lo que queda es la sensación de que estamos viendo una versión seleccionada de los hechos, donde ciertas partes se enfatizan y otras, directamente, no aparecen. No es tanto que mienta, sino que simplifica.
Aun así, Ciutat morta funciona. Impacta, remueve y te deja con ganas de investigar más. Pero quizá ese sea su verdadero valor: no como verdad definitiva, sino como punto de partida para entender que detrás hay una historia mucho más compleja
El ejemplo más evidente es el tratamiento de Rodrigo Lanza, presentado como una figura prácticamente injustamente castigada, reforzando esa imagen con su salida de prisión y el reencuentro con su madre. Sin embargo, esa construcción queda muy tocada cuando, con el tiempo, se conoce su condena por asesinato, lo que obliga a revisar con más distancia esa imagen de “víctima” que el documental transmite. Evidentemente, son hechos posteriores y no invalidan por sí mismos las posibles irregularidades del caso 4F, pero sí ponen en evidencia hasta qué punto la película simplifica y selecciona la información para reforzar su tesis.
El resultado es un documental que impacta y remueve, pero que deja la sensación de estar viendo una versión parcial de una historia mucho más compleja. Funciona como denuncia emocional, pero no tanto como análisis completo.
DEP Victor Lainez
Rodrigo Lanza fue detenido de nuevo el 12 de diciembre de 2017 por el asesinato de Víctor Laínez, un prejubilado de 55 años al que agredió en Zaragoza tras haber mantenido una discusión con Lanza por, según los testigos presenciales y los amigos de la víctima, portar unos tirantes con la bandera de España.
En 2020 fue condenado por este delito por un jurado popular a 20 años de prisión y una indemnización de 200.000 euros a los familiares de la víctima. La sentencia aplicó el agravante de motivos ideológicos, ya que, antes de iniciarse la discusión, un amigo de Lanza le había comentado que Laínez era de extrema derecha o neonazi.
En 2022 el Tribunal Supremo redujo la condena de 20 a 18 años y medio al no considerar probado que Lanza actuara por motivos ideológicos. Aunque confirmando que hubo intención de matar
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